lunes, 3 de agosto de 2015

Reencarnación atea

"La poesía ha muerto, 
y nosotros la hemos matado" 

musito antes de cerrar el libro.

Siglo XXI.
Miles de jóvenes
(y no tan jóvenes)
hartos
de la incultura
que rodea a su generación.
Por casualidad,
se encuentran
en los renglones
de un libro de poesía.
Les enamora.
Les embelesa.
Quieren tener un romance con cada página
y poner todos los versos en otros labios,
susurrándolos sobre ellos.
Quieren más.
Ansían más.
Salen a la calle.
Van a recitales,
bares,
musicales,
conciertos,
museos,
exposiciones.
Y eso les llena
más
que tirar horas
de su vida
viendo "Sálvame".

Es un fenómeno imparable.

Tentador.
Tentador la explosión del arte.
Tentador explotar el arte
Tentador convertir el arte en un negocio.
Tentador.

Todos los amantes del arte saben
que no es un perro al que ponerle una correa.
Es una gata.
Arisca y cariñosa a partes iguales.
Cuando le apetezca irá a pedirte amor
y te llenará,
pero cuando se canse,
se irá dejándote un vacío
que irrevocablemente
querrás llenar con más de ella.

La poesía lleva moribunda
desde que intentaron ponerle collar
y sacarla de paseo.
Agoniza con cada vendedor de libros
que jura ser poeta,
con los "ripiosos",
con los que se preocupan más
de qué dice la poesía
de cómo lo dice.
Con cada "cansautor".
Con cada comprador sin criterio
que compra cualquier libro
que jure
estar escrito en verso.

Entras a la habitación,
me sacas de mis pensamientos.
Cada paso que das,
una prenda menos.

Te miro.
Te veo.

Y juro que yo,
que nunca he sido de religiones,
sé,
exactamente,
en qué se ha reencarnado la poesía.

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