No decían su nombre completo
por miedo de que, al nombrarla,
estallasen todas las revoluciones.
Era muy puta
y la llamaban L.
Era el tipo de mujer
que provocaba accidentes
cuando cruzaba en minifalda
la Gran Vía.
Que gritaba.
Que se manifestaba.
Que hacía que viniesen
los antidisturbios
y le ponía que le metiesen mano
enfrente suya.
El tipo de mujer
que intentaba que adivinasen
el color de su lencería
sabiendo de sobra
que no llevaba ninguna.
El tipo de mujer
que no temía a las mordazas.
El tipo de mujer
que tenía en su mirada
la chispa necesaria
para incendiar el Congreso.
Ella,
era ese tipo de mujer
a la que ningún político
mandaba callar,
más bien al revés.
Era ese tipo de mujer
que subirías a tu casa
para un rato,
o para toda la vida.
Aunque tuvieras la certeza
de que no se quedaría a desayunar.
Y,
a mí,
esa tarde
me miró diciendo:
"Hoy lo vamos a pasar bien"
mientras empezó a desnudarme
obligándome a dejar los miedos
junto a su ropa interior:
en ningún sitio.
Sonrió
recordándome
que su compañía
tenía un precio.
Porque,
como ya he dicho,
era muy puta
y la tarifa,
muy alta:
la soledad.
Pero,
joder,
que bonito era todo
contigo abierta de piernas,
Libertad.
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